Musgo
Pasó la mano por la lámpara de piedra. Se acordó de un compañerito del jardín y su cabeza rapada. La gama de verdes era entretenida para sus ojos.
Como las víboras, uno piensa que el musgo está mojado y que su brillo proviene de una viscosidad desagradable. Por el contrario, su brillo es seco y suave, como el mármol.
— Así que ya existía esto — él con su manito en el pilar de la lámpara.
Se sentó, y se sintió musgo. Una asimetría que conquistaba aleatoriamente. Sólo sería equidistante, par y completo en el momento que conquistara todo.
— Pero este musgo todavía no me cubre a mí.
Se recostó, y se dejó arropar.
— Buenas noches, mamá —y el nene cerró los ojos.
— Que duermas bien, hijo — su madre apagó la luz y cerró la puerta.