Mi papá tiene una tintorería. Ahora está muy viejo y sólo toma los trabajos de sus clientes más antiguos.
Es por una cuestión de no dejar el hábito de laburar para quien reconoce un trabajo bien hecho.
Nunca fue un tipo charlatán. Los clientes llegaban al negocio con algún traje con el hombro descosido o la corbata con el forro arrugado y ellos mismos, empujados por el silencio, se ponían a hablar de sus problemas. Se desahogaban hablando de las orugas que cagan los hilos, de las babas del diablo que se ven volando en verano, de las latas de galletas.
Delante del mostrador sólo habían plantas y un banco que se supone va en el patio, yo me sentaba ahí.
Los clientes se acercaban al mostrador, apoyaban el maletín en la barra y se aflojaban la corbata.
Mientras tanto, mi viejo les hacía la boleta y colgaba las prendas en el perchero del fondo, entre las botellas de ron y un cosecha tardía.
Cuando volvía, agarraba el repasador y se ponía a limpiar las copas.
A veces le invitaba otro trago a sus clientes cuando estaban muy deprimidos.
El bar casi siempre cerraba a las tres de la madrugada.