Este tipo
Puede parecerles vanidoso. Tal vez lo sea, pero el motivo que impulsa a este tipo es la persecución de cierta elegancia. Ni siquiera es aquella que definen los escaparates ahora, aunque puede acercarse mucho a las viejas películas con dandys. Es una simple persecución sucinta de un recuerdo imperceptible que define lo elegante. Sin embargo, la razón por la que se mueve es también la misma por la que puede ser capaz de entender qué es lo que tiene de vanidoso.
Parece que es, en cierta forma, influencia de las publicidades. Este tipo ve un restaurante o una cafetería en una esquina y se piensa sentado ahí, como un personaje de boulevard. No tanto como un modelo, sino como un maniquí. Es extraño porque los muñecos se acercan más a las estatuas vivientes y él más bien se siente una de las pantallas de fondo que hay en los locales. Es en el aspecto de “vender” que se vuelve vanidoso. Pero no vende nada y vender mismo también es un arte.
Que la empatía esté utilizada para sacar rédito no ensombrece la impresionante sensibilidad que requiere manipular el deseo ajeno. Quizá se relaciona con el deseo de volver a ser materia inerte porque por un segundo somos el otro y deseamos ser el otro. Nos suspendemos.
Como producto defectuoso, suspender al otro es una tarea que le trae placer porque lo convierte en un superador de adversidades. No obstante, el ejercicio es distinto y sin rencores. Se suspende a sí mismo en el acto de la buena vida.
La diferencia entre defectuoso y edición limitada recae en el deseo. ¿Pero no resulta en eso un engaño? ¿Cómo desobedecer la orden de generar deseo sin estafar? Este tipo propone que se consigue deseando sin desear. Vivir en el puro estado de desear sin que termine ese deseo. Suspendido en el deseo se genera la buena vida porque se desea y no se desea. Sólo se está en la zona.
Suspendido en el acto de la buena vida sin pensar que se la está perdiendo, porque el acto es vacío pero no vacuo.
Una experiencia similar sucede cuando habla en público, de manera casi voyeurista, siente que el que habla no es él y logra admirar lo que dice.
Puede decirlo sin una pizca de egocentrismo porque lejos está de la auto adulación: Es incapaz de reproducir lo que dijo.
Recordar sería tener un principio y un final. Un recorte. Pero en el momento que se encuentra tomando café en el boulevard con la pierna cruzada, o discutiendo en una clase, no hay principio ni tampoco un final.
Como si en ese momento continuara una linea ininterrumpida que sólo parecía cortada porque estaba escondida bajo tierra: Las luces de la ciudad y su cableado casi ficcional.
Como si fuera un dispositivo por el que algo habla a través de sí, la elegancia es una suspensión del tiempo.