Ecosistema

Naoto Nakasone
5 min readSep 23, 2019

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“Una de las cosas que intentamos hacer con [The Monty Python Flying Circus] fue tratar de hacer algo tan impredecible que no tenía forma y nunca se podría decir qué tipo de humor era. Y creo que el hecho de que “Pythonesco” ahora es una palabra en el Diccionario de Inglés de Oxford muestra hasta qué punto fallamos “.

— Terry Jones, US Comedy Arts Festival, 1998

José pasó tres horas sintiéndose miserable hasta que por fin se dejó de romper las bolas y se propuso hacer algo decente. Se convenció de que dadas las circunstancias, el único acto que lo llevaría a la derrota sería dejar de intentarlo.

“El arte es difícil” pensó, mientras se acordaba de algunas escenas bastante cursis en las que los protagonistas, abatidos, seguían intentándolo. “Es sólo cuestión de seguir avanzando con prueba y error, mejorando en cada paso”.

Es difícil entender la clase de actitud que incorporaba José cuando intentaba seguir adelante. Supongo que definiría su estereotipo como la tensión que hay entre un plebeyo devenido en duque y un noble caído en desgracia. Su porte era el diplomático promedio entre asperezas de lo que informalmente diríamos que es “tener calle” y ciertas actitudes plenas de elegancia que adjudicaríamos a una persona que “tiene las cosas en orden” pero que, en definitiva, sólo refieren a que al tener dinero pueden preocuparse por la pretensión y moderación de los encajes sociales.

Es gracias a esta capacidad social, y todo el relleno complementario de su ambivalencia, que mucha gente esperaba grandes cosas de los textos en los que él trabajaba. Todos sus conocidos, de un promedio muy calculado, veían algo en él que, por sus diferencias, evidentemente señalaba algo que podríamos llamar “especial”. El compendio de sus conocidos se constataba de gente con dinero que veía en José un cierto lado salvaje; y gente pobre que veía en él un dandy que vivía con hedonismo los lubricantes sociales que enriquecían la experiencia de vida. En resumen, la gente que lo rodeaba quería experimentar la otredad sin tener que zambullirse en ella.

Tales eran las expectativas puestas en él, y tal fue su fracaso. El primero de sus textos no logró el acierto, y, por el contrario, sólo se trataba de una concatenación de razonamientos que los de su esquina en la alta sociedad entenderían y que, por consiguiente, es “más de lo mismo”. Su segundo texto, atento al fracaso del primero, intentó tener una revancha a partir de hacer lo contrario, generando un texto paradigmáticamente opuesto, y por supuesto, con el mismo resultado pero desde el otro lado. Sus lectores lo veían vano y grosero; una falta de respeto.

Sería el principio de una eterna sucesión de textos fracasados que nunca lograban transmitir lo que inefablemente sentía. Su reputación, con cada texto, se volvía peor.

“El arte es difícil” pensó, mientras se acordaba de algunas escenas bastante cursis en las que los protagonistas, abatidos, seguían intentándolo. “Es sólo cuestión de seguir avanzando con prueba y error, mejorando en cada paso”.

“Tengo que apostar mi vida” se dijo, entonces se dedicó a tal tarea. “Mi muerte será la obra, y así revalorizará todo”. Solamente se detuvo en la sensación que algunas cosas le dejaron alguna vez para poder aproximarse a la idea que quería plantear “Akutagawa ya había decidido que iba a morir cuando escribió Los Kappas”.

Saltar por un lugar alto le parecía bastante cliché. Después de todo, la poesía no era lo suyo y no había ninguna cascada cerca como para que tallara un haiku en piedra y luego se lanzara al deterioro de lleno.

Prenderse fuego, como aquel monje protestando, era algo que se podía hacer solamente una vez. Además, las nuevas leyes de censura no le permitirían televisarlo.

“Si me tiro al agua y me ahogo van a decir que el agua estaba de más, o que no curé el material correctamente, nunca se conformarían con nada”, se dijo a sí mismo. “Tengo que volver a los clásicos pero nada de saltar desde el Golden Gate, no tengo problemas monetarios ni de alcohol”.

José pidió un remís a Florencio Varela. Una amiga suya tenía un vivero que le hacía precio. Elegir el árbol indicado es muy importante porque todos tienen un ritmo, un significado. Cada árbol tiene una historia particular. A José le parecía muy importante la elección. Consultó en el libro de Tsurumi Wataru y concluyó que tenía que ser un alcanforero sin importar el precio.

En grandes dosis es narcótico e irritante, sin embargo a dosis pequeñas es sedante y se usa para relajar dolores de muela y moretones. Los pajaritos son muy sensibles a sus vapores y si se exponen mucho tiempo pueden morir en quince minutos.

Compró un alcanforero de metro y medio proveniente de Honshu. Al regresar a su casa lo plantó en el centro de su jardín delantero. Pacientemente colocó fertilizante y un poco del césped que se había arrancado al cavar. Luego se sentó en el pórtico de su casa y sacó una soga común. Hizo un nudo sencillo pero fuerte que ató a una de las ramas del alcanfor y el otro extremo se lo puso alrededor de la garganta.

José era muy bueno con los nudos porque practicó shibari para una muestra visual que resultó vanidosa para muchos. También era conocedor de jardinería pero de un forma aficionada nada más.

Una vez que tuvo la soga al rededor de su cuello se dedicó a regar el árbol, para que creciera. Los días eran calurosos y su altura todavía no daba consuelo con su sombra, por lo que José se sentía impaciente.

“Crece muy despacio”, se reprochó. Luego, a causa del calor, tomó un sorbo de agua de la manguera que había dejado a su alcance para regar el árbol.

Después, porque tuvo ganas de hacer pis, orinó en la base del árbol. Haría también lo mismo si tuviera ganas de defecar, sólo que haciendo un agujero para tapar el olor.

Así pasaron los años, regando el árbol y comiendo los pajaritos que caían de las ramas tóxicas. Bebía de la manguera cuando quería, comía de las aves cuando caían y fertilizaba el alcanforero cuando sentía ganas.

Ya casi llegaba el momento de la muerte y José ansioso se encontraba en puntas de pie hacía ya unos meses. Le resultaba dificultoso porque, al estar como una bailarina de ballet, sus dedos se hundían en la tierra por el peso y perdía el equilibrio. Además, nació otra preocupación: las aves no venían.

Con el tiempo se fue haciendo cada vez más obvio que los pajaritos habían aprendido a evitar el árbol venenoso. José ya no tenía una fuente de comida y moriría de hambre antes de morirse ahorcado.

Hambriento y debilitado por el fracaso, se preguntó en qué se equivocó, y si tal vez eso que hizo no era arte. Finalmente se dió cuenta de que sí lo era, pero que simplemente ese no era el punto porque no había nadie más.

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Borradores y cosas sin introducción, nudo o desenlace

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