Derramar sal y la sed
Mamá tiró sal al patio para matar las babosas y dejó lo que sobró en el kamidana de la cocina. Como en todas las familias japonesas, aquellos altares buscaban traer abundancia en el hogar.
En La Última Cena de Da Vinci se puede observar a Judas Iscariote derramando sal. Algunos especialistas afirman que es uno de los motivos por los cuales se cree que trae mala suerte.
El historiador italiano Toshio Shinya asegura que el mito de verter sal es exactamente como verter sal: los datos chocan entre ellos, se esparcen y es imposible determinar el verdadero punto de origen.
El filólogo austríaco Jean-Charles Emmanuel Nodier asegura que en Alemania hay un dicho popular que dice que la “acción de derramar sal … indica entre ellos el rechazo a aceptar protección y hospitalidad, eso hace sospechar que son extraños o asesinos.”
La baba marcada por toda la pared dejaba la sensación de que arrancaron una enredadera.
El origen enfático y agrícola de mis padres, japoneses del campo, insensibilizó completamente a mi mamá de sentir pena por las babosas muriendo. Lo que más me sorprendió es la ignorancia a la superstición que tuvo, o más bien, que sus supersticiones fueran otras.
Uno imagina que tirarle sal a una babosa es parecido a tirarle agua a la bruja de Oz. Pero hay cierta nitidez en sus muertes. Se encogen como cabezas de jíbaros en una agonía visible y transmisible. Sus cuerpos salados son la sed. Todo lo que queda es una verruga en un charco. Para colmo, mi casa suele permanecer húmeda por más tiempo. Está rodeada de torres que le niegan la entrada al sol y transforman el patio en una especie de pozo deprimente.
Esa noche mis padres tuvieron que salir por un compromiso. Yo me quedé en casa. Me encontraba muy estresado estudiando para ingresar al secundario.
De hecho, estaba bastante enojado porque tenía muchas cosas para repasar por lo que no estaba particularmente perceptivo. Por algún motivo, sólo una gota que caía por la pared, seguramente por culpa del calor y la humedad, lograba captar mi atención. Pensé en las babosas y mamá.
Estaba en el living haciendo resúmenes cuando lo escuché. Corría el agua de la canilla. Al principio pensé que estaba tan absorto estudiando que no me di cuenta de que la habían dejado abierta, así que me paré a cerrarla.
Cuando me acerqué a la cocina un pequeño hilo de agua estaba cayendo y me empezó a parecer improbable que no me hubiera dado cuenta. Tal vez la canilla se rompió, o tal vez sea algo de la presión. No le di mucha importancia pero sí me aseguré de cerrar bien la rosca de la canilla.
El problema fue que al cabo de un rato el agua empezó a correr de nuevo, con mucha fuerza. Pensé que definitivamente se había roto o que tendría alguna explicación perfectamente racional, así que bastante irritado me paré a ver qué pasaba.
Pero la canilla estaba abierta. Algo la había girado. “¿Qué significa?”, pensé. Si se trataba de un fantasma, ¿qué significa el agua de la canilla?¿De qué manera poética puede generarme un mal el agua de esta canilla? Los fantasmas suelen tener una especie de ajusticiamiento poético, o cuanto menos, funcionan con reglas. Pero el agua de la canilla me parecía totalmente inofensiva.
Pálido, me di cuenta que al kamidana le faltaba agua. Justo el altar de mi casa tiene ofrendas de agua, incienso, sake, sal y arroz. Al de mi cocina le faltaba el agua. El calor del verano debe de haberla evaporado con los días.
Quizá por herencia de mis padres, agnóstico en lo inmaterial, le puse el agua que faltaba. Funcionó.
Ahora me queda lo mejor: la anécdota.
Cuando volvieron les conté lo que pasó y la respuesta de mi mamá fue algo que terminó de hacerme entender que, para ellos, la sensación de habitar lo desconocido no es ajena.
-Ah, seguro tenía sed.
Y se fue a dormir.