Cazar sapos
Íbamos a cazar sapos. León y yo estábamos obsesionados con la metamorfosis y por extensión con los sapos, el anfibio más accesible que había.
Pasábamos horas en cuclillas frente al estanque mirando la franja negra de renacuajos que se formaba en el borde. Pensábamos en ese documental sobre los espermatozoides.
Volteábamos todas las piedras del campo, corríamos todas las piedras que delimitaban el jardín del pasto común. Hasta que encontrábamos un agujero bien marcado.
Ahí simulábamos lluvia. Volcábamos agua al rededor del hueco y luego dentro del agujero tirábamos agua para que el sapo saliera. Se podía saborear un principio de danza de la lluvia; pero estando del lado de los dioses y las nubes. Al salir el sapo se daba cuenta que no llovía y se quería volver a meter en su madriguera. No lo dejábamos.
Pensábamos que no tenía sentido. ¿Cómo puede pasar de vivir en un estanque, con todos sus hermanos, millones de hermanos, a vivir en soledad en un agujero mugroso?
Con barro construíamos castillos con habitaciones en la creencia de que el sapo viviría dentro. También hacíamos cohetes, barcos y autos con la inocencia de que tal vez el sapo la estaría pasando bien.
Primero comenzamos con la mezcladora de cemento para hacer toda la parte de la planta de la construcción. La arquitectura a construir sería gótica.
Yo lamentablemente no conocía la arquitectura entonces la municipalidad me envió a Europa a estudiar este método nuevo neogótico.
En la elaboración del proyecto conté con la colaboración de dos arquitectos italianos recién llegados a la Argentina, Francisco Gianotti y Mario Palanti.
El proyecto definitivo preveía ocupar toda la manzana comprendida por la avenida Las Heras y las calles Cantilo, Pacheco de Melo y Azcuénaga. La volumetría general se estructuraba en un subsuelo, planta baja avanzada formando una terraza alrededor de todo el edificio y tres pisos con patios jardines internos, se coronaba con una torre central de gran altura y torres laterales más bajas y contaba con tres accesos, el principal sobre la Avenida Las Heras y otros dos sobre los frentes laterales.
La impaciencia me ganaba porque León, exhausto por las negociaciones, había conseguido una buena suma de dinero para la construcción pero había enfermado.
Desde su concepción, a partir del proyecto Luis XIV y su cambio al estilo gótico, esta construcción sufrió sucesivas reformas. Las modificaciones eran constantes, tanto en los planos como en la propia obra, que comenzó en 1912. Debido al alto costo de la construcción, las autoridades de la Universidad y yo, acordamos su realización a medida que se consiguieran los fondos. Motivos internos y externos, como la Primera Guerra Mundial, provocaron una importante alza en el costo de los materiales y obligaron a detener reiteradamente la construcción.
De todas formas, así se construyó la facultad de ingeniería de Las Heras y sus inconsistencias laberínticas en conjunción con su estilo neogótico incompleto formaban un edificio terrorífico.