Dejarse y disolverse

Naoto Nakasone
6 min readNov 27, 2018

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A Junji le gustaba tener pesadillas. Por supuesto, mientras transcurría el sueño estaba lejos de disfrutarlo, pero despertar era tomar distancia.

Se dio cuenta que con un poco de perspectiva, el espectro de emociones que se puede obtener estaba en una liga completamente diferente a lo obtenible en una vida normal con crecimiento paulatino. Los dilemas morales o las consecuencias de un mundo sin negación lo fascinaban. Pensaba que quizá aprendería de la controversia.

No me malentiendan, Junji estaba lejos de creerse un oniromante, pero sí creía que mediante los sueños se llegaba a adelantar a la realidad.

El dilema moral, y las consecuencias incalculables para la conciencia, lo obsesionaron.

— Es que me gustaría saber qué haría la gente. Quiero verles las caras. O qué es lo que hago yo.

En sus pesadillas todo se traducía secretamente, Junji fantaseaba con ser el villano, la víctima o el muerto. De la misma manera, quería ser el científico, el soldado y el mártir. Adicto a la perplejidad que provoca. El fetiche de un libro abierto a ser incomprendido. Como enturbiar un arroyo para que parezca más profundo.

Durante su tiempo despierto, él ya había devenido en un ironizador provocativo y un adicto a la adrenalina. Sin pensar verdaderamente ninguna de sus afirmaciones, comenzó a hablar y argumentar a favor de pensamientos dañinos, se involucraba en discusiones de índole misógina o racista hasta que el otro interlocutor comprendía que todo era una performance.

El riesgo de que sus principios muriesen ante los ojos de los demás se había vuelto adictivo para Junji. La posibilidad de convertirse en el adversario o peor, ser una mala persona.

Aburrido de cualquier otro estímulo, su propia vida se había convertido en la ficha de apuestas. De nuevo, no malentiendan. Junji sí sentía culpa o miedo; es sólo que era esa sensación de incomodidad lo que le agradaba.

En definitiva, los grandes malhechores eran psicópatas o creían que tenían la razón. ¿Y cómo puede haber maldad en la razón? Ninguno de ellos se creía malo. Siempre las mayores atrocidades eran en búsqueda de un bien mayor, o de absolutamente nada en alguien incapaz de sentir culpa.

No hay nadie que disfrute de ser malo.

Pero la apuesta de Junji se había trasladado a otro plano. El umbral de experiencias se amplió. Las emociones eran demasiado para la mente humana.

Comenzó a tener experiencias cada vez más crudas de la naturaleza humana y por momentos más prolongados.

En una ocasión, ya despierto, recordó el desasosiego que sintió como campesino francés al momento de entrar al Palacio de Versalles. El hambre. Cada mancha de mierda en sus harapos y lo inconcebible de cada detalle hermoso detrás de la Verja del Honor. Una armonía como la que nunca había visto en su mundo enfático y agrícola. Sintió en sus párpados la amplitud con la que abrió sus ojos para intentar comprender el abismal contraste de su vida y la de los nobles. Una vida representada en imágenes que se quemaron en su memoria y se tradujeron en un frenesí de ira.

El plan era reclamar un poco de pan pero Junji todavía sentía en sus manos el cuchillo con el que apuñaló una y otra vez a todos los guardias que encontró cuando entró al palacio y la ira hizo de él lo que quiso.

En otra ocasión, recordó ser una mujer infiel. Sentada en el subte pensaba la traición de su marido. Lo mucho que lo amaba y la sensación de que el amor ahora era un parásito. De permanecer fiel para no rebajarse a su nivel y pensar en el olor a sexo de su marido en otra. No quería pagarle con la misma moneda para sentirse por encima. Con tal de no estar en su casa acordó ir a beber con un compañero del trabajo. Luego de comer, decidió que quería ir a un hotel para pagarle la traición a su esposo.

El hombre la besaba mientras la desnudaba y ella pensaba que estaba siendo infiel. Y ella se dejaba desnudar, y se dejaba manosear. “Me estoy dejando” pensaba. Comenzó a pensar que no quería, que no estaba bien. Consideró que todavía podía tener la altura de no vengarse. Pero deseó. La culpa de ver que era de otro hombre la había dejado con una anticipación que la estimulaba cada vez más.

Le provocó placer con culpa el acto de “dejarse” y no hacer nada para evitarlo. El morbo venía del hecho de que si el hombre no la hubiese buscado, no la hubiese incitado, ella no habría sido infiel. El placer supo distinguir entre coger y dejarse coger pero luego sólo queda la culpa indistinguible de haber sentido ese placer.

Junji ya no quería dormir. Las experiencias se tornaban cada vez más radicales. La resistencia de Junji a dormir era una mezcla entre el recuerdo de sus sueños que lo perseguían y el miedo a tener nuevas experiencias inabarcables en una vida. Su día se convirtió en un largo letargo. Ya no era capaz de calcular las distancias, las texturas o las formas con exactitud. El simple acto de apoyar una taza de café en una mesa se volvía difícil.

El último sueño disolvió el cuerpo de Junji.

Un orgulloso guerrero del sapa inca. Campeón de warachikuy y dueño de la lanza. Acababan de llenar una sala con oro para los hombres de Pizarro que tenían a su señor Atahualpa. Era un 26 de julio y Pizarro mandó a la malinche a decir cosas que nadie alcanzó a escuchar.

Parece ser que los hombres blancos tomaron a su Señor y lo llevaron a una silla con un cuero en el cogote. Dijeron que su cápac inca ahora se llamaba Francisco y que lo iban a matar. A un dios, al sol, que esos españoles lo iban a matar. Marcharon con la guardia hacia Cajamarca y entraron con sus lanzas y hondas hasta la plaza donde los soldados se concentraban. Junji sabía que iba a ganar, el sol está de su lado, el sapa inca Atahualpa los había elegido para cuidarlo así que era obvio que no había problema. Dios, ese hombre era dios. Un dios, el dios, existe. Y era ese.

Los soldados de Pizarro les apuntaron con sus arcabuces y los guerreros presionaron para pasar a la plaza central. Cuando llegaron, vieron el cuerpo sin vida de Atahualpa.

Vieron un dios muerto. Les mataron a dios.

Cualquier ser humano vive con la premisa de que dios existe o no existe. Pero siempre hay una duda remota. Está dentro de los cálculos humanos dudar. Aunque sea en una fracción casi irreconocible.

Pero esa duda es el motor infinito que le permite marchar en la vida. O por lo menos es lo que sucede en dioses intangibles.

Pero imaginemos un dios concreto. Es un dios que se puede mirar, que se puede tocar. Dios existe. No hay dudas de que existe porque está ahí y se puede ver. Y nunca jamás supiste que hay dioses que no se pueden ver o tocar. Simplemente no conocés el concepto de un Dios intangible. Dios es eso que se ve.

El Tahuantinsuyo funcionaba en base a que el rey era dios. Y por cierto, funcionaba muy bien gracias a eso. Porque el motor primero de ellos era que en el trono estaba sentado dios.

Pero ahora dios estaba muerto. Y las mujeres mordieron sus muñecas, se arrancaron los pechos y se ahorcaron con sus cabellos.

Entonces Junji miró a su dios muerto, con otro nombre, y soltó su lanza.

Completamente inmóvil miró el cadáver de su dios y la luz abandonó sus ojos. Como si se tratara de un trance, la sal de su existencia se había lavado completamente. Los guerreros incaicos perdieron su color. Hipnotizados por el cadaver de su señor, eran muertos vivientes.

En esa plaza se les probó empíricamente que dios no existe.

Y después de soltar sus lanzas, quietos, se dejaron matar sin pestañear.

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